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Lavar la ropa llorando

Cultura de banca

23/06/2019

Esta historia comenzó ante una fosa abierta, la que se desplegaba ante mí cada vez que volvía la vista atrás. Había salido de mi país, Venezuela, y aunque el tiempo transcurría  y los años se amontonaban, aún me sentía incapaz de mencionar el lugar en el que nací, como si de un brazo amputado se tratara. Así llegué a la literatura de Natalia Ginzburg y a mi propia escritura: jalonada por aquel desarraigo y vestida con la ropa sucia de la nostalgia.

Tiempo de lectura: 3 minutos

Especial Mujeres y Literatura

Especial Mujeres y Literatura

Karina Sainz Borgo

Escritora y periodista

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Comencé a leer a Ginzburg con 'Las tareas de la casa y otros ensayos', un libro en el que la italiana demuestra por qué es una de las voces más rotundas de la Europa del siglo XX. Todo me emocionó al leerlo: la muerte de la novela (la muerte del lector), el hielo que se derrite en un vaso de agua durante la consulta del psicoanalista o la carta que Dickinson le escribió a un mundo que nunca le contestó. Me planté ante ese libro como quien se mira a un espejo. Yo me sentía tan sola como sus estampas.

En las páginas de aquellos ensayos  -y de las novelas suyas que más tarde leería-  encontré a una escritora inmensa y que me sujetó con esa lenta mirada de la pérdida con la que se posaba sobre las cosas para redescubrirlas. Había algo roto en aquella mujer. Su padre había sido arrestado en Turín en 1934 acusado de subversión y Leone Ginzburg, su marido, había sido asesinado por los alemanes en Roma en 1944. Su biografía tenía un aire trágico que compartió con su generación, un grupo tan desgraciado como excepcional que vivió la tragedia del fascismo y la guerra.

Oriana Falacci describió a Natalia Ginzburg como una mujer profunda, hecha para llevar cargas y dolores con entereza, algo que resuena en sus libros y su biografía. Comenzó a publicar en la década de los cuarenta y estuvo ligada a figuras de la izquierda intelectual italiana como Cesare Pavese, Italo Calvino, Giulio Einaudi, en cuya editorial trabajó durante años. Aquel sello, Einaudi, encendió la luz en uno de los momentos más oscuros del siglo XX. «Si no es ahora, ¿cuándo?», dijo Eianudi cuando fundó el sello, en 1933. Aristócrata y relacionado con el Partido Comunista Italiano, se convirtió en parte fundamental de la cultura antifascista italiana, de la cual su editorial fue la punta de lanza. Ginzburg formó parte de su equipo.

Algo en la voz femenina de Ginzburg refleja el espíritu de esos años en los que todo estaba a punto de romperse. La literatura de Ginzburg es tan emocional como política. Su acercamiento a las relaciones íntimas y la familia son la ventana desde la que ve un mundo derrumbándose. Lo hizo en Léxico familiar, una narración autobiográfica de los recuerdos de infancia y juventud, y que ella captura en retazos de conversaciones, frases familiares e íntimas o las charlas que los intelectuales del Turín de los años treinta. Ella habla todo el tiempo del fantasma del fascismo, desde una mirada mínima y al mismo tiempo profunda.

Todo lo afectivo es político en Ginzburg.  En El camino que va a la ciudad. cuenta la historia de Delia, una chica que vive con sus padres y sus cuatro hermanos en una minúscula casa de campo en la Italia de los años cuarenta. Delia tiene 16 años y anhela dejar atrás la monotonía del hogar, que delata incluso la triste letanía del gramófono de la familia, en el que suena siempre la misma canción. Así pues, la muchacha decide seguir los pasos de su hermana mayor y tomar el único camino que le permitirá marchar a la ciudad y cambiar de vida: el matrimonio. La Delia de El camino que va a la ciudad comparte espíritu con Todos nuestros ayeres, en cuyas páginas la autora recorre un tramo de la historia europea a través de la mirada de Anna, una apocada niña que vive en un pueblo del norte de Italia en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Anna nunca habla, pero observa y escucha todo. Justamente por eso ella se convierte en los ojos y oídos del lector.

Leer a la Ginzburg me conmovió y emocionó. Me alcanzó un bote de detergente. Me lavó el cabello con belleza, con un champú sencillo y efectivo, de olor bello. Limpió mi ropa de la suciedad de la nostalgia y me permitió al menos deletrear aquel lugar que tanto conflicto me traía, porque con ella encontré formas para escribir sobre lo político sin eludir lo bello.

Natalia Ginzburg se reveló ante mí como una mujer que vivía en mi cabeza sin saberlo. Me reconocí en ella y reviví, limpia, como una camisa blanca. Transcurrió el tiempo, y acompañada de su literatura como si de un faro se tratara, escribí  La hija de la española. Lo hice con una profunda conciencia del desarraigo y con la sensación de llevar a cuestas la pobreza y la muerte de un país que desaparece.

La hija de la española es una novela en la que procuré poner en práctica lo que Natalia Ginzburg me había enseñado. Intenté que en ella, las palabras hundieran sus raíces en una sociedad acostumbrada a morir matando y que se mantiene en pie sostenida por mujeres, la fuerza principal de esta historia. Las mujeres dan entidad y cuerpo a la supervivencia como un acto de amor y crueldad. En La hija de la española la madre es una fuerza casi telúrica e hirviente. Es la patria y el derecho a morir en ella.  

No creo, ni mucho menos, que esta historia hable solo de un país y un tiempo. A ella han ido a parar todos cuantos han perdido o les han arrebatado su lugar en el mundo. Cuando Adelaida Falcón -esa hija sin hijos- sepulta a su madre homónima, constata la pérdida de un país en el que ya no puede, ni siquiera, enterrar a sus muertos.

Esta novela narra la transformación que experimentan quienes son arrancados de una naturaleza y arrojados a otra. Adelaida Falcón tendrá que cruzar el Atlántico usando el nombre y la vida de alguien más. En ese trance se alumbrará a sí misma, al mismo tiempo que ofrece un canto de furia, amor y tristeza.

Esa capacidad de extraer de la vida la pulpa con la que se alimenta un libro, la identifiqué desde muy pronto con autores como Doris Lessing, J.M Coetzee, Alice Munro, Nabokov, Thomas Bernhard...  pero fue con Natalia Ginzburg cuando la hice propia y me sentí fuerte para hablar de mis trapos sucios. Cuando leí a la Ginzburg entendí por qué leemos y escribimos: para descubrir que no nos hemos vuelto costra, que no somos una mancha vieja, que siempre podremos, cómo no, lavar la ropa llorando... o leyendo.

SOBRE LA AUTORA

Karina Sainz, escritora y periodista

Este post forma parte de la serie ‘Mujeres y Literatura’ en la que han colaborado las autoras Sara Morante, Laura Freixas, Julia Montejo, Lola Gulias y Eva Boj Bragado.

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