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Inflación y deflación, ¿qué lobo es más fiero?

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Mercado de arroz

Publicado el 13 de agosto de 2015 a las 07:00 por Bankia

Lunes, 9 de la mañana. Las puertas del colmado de alimentos se abren mientras centenares de personas hacen cola para conseguir un kilo de arroz. La desesperación por llegar al mostrador de servicio es doble. El tiempo pasa lento. Pero corre rápido en contra de los bolsillos. El precio de ese kilo de arroz que pudo comenzar la jornada, por ejemplo, a un dólar, no para de subir a medida que pasa el tiempo. Hasta tal punto que puede llegar al final de la jornada cuatro veces más caro. Llegar más tarde a ese mostrador significa que el dinero en el bolsillo puede valer entre cuatro y cinco veces menos.

 

Esta situación, que se daba cada día hace unos meses en Zimbabue, es la expresión más extrema del fenómeno económico denominado inflación. Subida sostenida en el tiempo de los precios de los bienes y servicios de una economía.

El asunto causa tanto pánico entre los gobernantes y los economistas, que los principales bancos centrales del mundo tienen como uno de los mandatos prioritarios el de controlar la escalada de los precios en sus respectivas monedas.

El caso actual de Zimbabue no es excepcional. A lo largo de la historia ha habido ejemplos de hiperinflación emblemáticos, como el de la Alemania de los años veinte o la de los países latinoamericanos en los años noventa. Los mismos errores repetidos una y otra vez que avocan a situaciones tan extremas como a la que ha llegado Zimbabue: imprimir billetes con un ejército de ceros que, lejos de hacer millonarios a sus propietarios, son el reflejo de la máxima pobreza. En esos casos solo hay una solución: borrón y cuenta nueva. Hace algunos meses el Gobierno de Zimbabue decidió retirar de circulación su moneda nacional y cambiarla por dólares.

Cuando la situación no es tan extrema, las consecuencias de la inflación también afectan de lleno al bolsillo de los consumidores. El dinero que manejan pierde valor a medida que pasa el tiempo. Esto influye directamente en las decisiones de compra, normalmente de los productos menos perecederos. Un ejemplo: Si una lavadora cuesta hoy 400 euros, pero se cree que subirá de precio en un futuro próximo, lo más probable es que la familia que tiene la intención de comprarla se decida cuanto antes, puesto que así podrá exprimir mejor sus ingresos. Cuando eso ocurre generalizadamente, el incremento de la demanda estimula una subida de precio y alimenta más el fenómeno inflacionista.

Vivir en un entorno de subida de precios también desincentiva mucho el ahorro. ¿Para qué guardar el dinero en un cajón si dentro de un tiempo con esa cantidad podré comprar menos cosas que ahora?

Pero, como siempre ocurre en Economía, todo tiene su contrapartida. En el caso de los precios, si la inflación preocupa, hay otro fenómeno que aterra: la deflación. O lo que es lo mismo: los precios bajan y bajan generalizadamente. A priori, un consumidor podría estar encantando en que los precios bajen. Con el mismo dinero puede comprar más cosas y, si ahorra, en el futuro ese dinero será mucho más valioso. El problema es que este contexto económico activa la psicología de forma contraria a la de la inflación. Si sabes que la semana que viene la lavadora costará menos, lo más probable es que esperes para comprarla. La lavadora se quedará en la tienda, que no pedirá más modelos a la fábrica, que tendrá que frenar su producción y podría acabar cerrando. Más despidos supone menos demanda agregada, menos consumo y caídas adicionales del PIB.

La deflación es algo más peligrosa que la inflación. Como han recordado en muchas ocasiones economistas como Paul Krugman, por ejemplo, la deflación además hace más pobres a los que tienen deudas. Es decir, la deuda en términos reales aumenta. Con deflación, el precio de tus bienes puede bajar en el mercado, pero tus pagos seguirán con los mismos precios con que la contrataste.

Esto le ocurre también a los Estados. Deben seguir pagando intereses de sus deudas y por tanto detraen dinero que podría dedicarse a estimular artificialmente la economía. El ejemplo emblemático de esta situación lo lleva protagonizando Japón desde hace dos décadas. Su espiral deflacionista impide la efectividad de las medidas de estímulo.

En Europa, el fantasma de la deflación lleva rondando desde hace un año. Ante ese y otros temores de la economía, el Banco Central Europeo, con Mario Draghi al frente, apostó por la munición más potente de que dispone: inyectar dinero nuevo en la economía para estimular el consumo y la actividad empresarial. Lo hará comprando bonos por un total de 60.000 millones de euros al mes.

Pero en el remedio está el germen de la enfermedad, porque esa impresión de moneda es el origen de las posibles consecuencias inflacionistas. El gran reto de Draghi es conseguir el equilibrio de que Europa abandone definitivamente la deflación mientras controla una subida moderada de la inflación.

Porque como en otras muchas cosas en la vida, aquí también en el término medio está la virtud.

Imagen: Denish C.

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