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Diagnosticando la salud de la economía española

Estudios y análisis

22/11/2019

La información publicada sobre la economía española en las últimas semanas no ha terminado de despejar las dudas sobre el momento cíclico en el que nos encontramos. Las señales son ambiguas y confusas, en un contexto de amplia volatilidad en las expectativas, afectadas por el inestable entorno geopolítico (interno y externo) en el que nos estamos moviendo en los últimos meses.

Tiempo de lectura: 5 minutos

Datos Económicos

Datos Económicos

José Ramón Díez Guijarro

Director de Estudios de Bankia

El problema es que la desconfianza es un virus que termina contaminando a todas las decisiones de los agentes y puede desencadenar crisis, incluso en economías con buenos fundamentos económicos. Y, por si no fuera suficiente, la fotografía que nos está mostrando los datos de Contabilidad Nacional es borrosa y no ha contribuido a despejar dudas, fruto de los efectos distorsionadores provocados por las revisiones estadísticas.

Lo que sabemos es que la tasa de crecimiento interanual del PIB se ha reducido en el último año y medio desde el 2,8% al 2%, lo que traducido a datos trimestrales implica que hemos dejado atrás la zona de crecimientos del 0,6%/0,7%, para pasar a la zona del 0,4%/0,5%. Una fuerte desaceleración que se enmarca en una pérdida de impulso aún más severa en el caso de nuestros socios comerciales (1,2% crecimiento actual frente al 2,6% de hace año y medio). Con un rasgo adicional, se ha producido una drástica recomposición del crecimiento, fruto de una importante reducción de la aportación positiva de la demanda nacional (de 3,1 a 1,8 puntos porcentuales) y una mejora en términos relativos de la contribución de la demanda externa (+0,2 puntos porcentuales en la actualidad frente a -0,9 puntos porcentuales en la primavera de 2018). Por tanto, el ciclo de negocios se va alejando de los máximos en plena fase de desaceleración, de la mano de una intensa pérdida de impulso del empleo (1,8% actual frente al 2,6% del primer trimestre de 2018), pero, en apariencia, con algo más de equilibrio en la composición del crecimiento, debido a la mejora de la demanda externa y a la recuperación de la productividad por hora trabajada (+1,1% en el tercer trimestre), tras las caídas de 2018. Por el lado de la oferta, se mantiene la solidez del sector servicios (+2,4%), la construcción pierde empuje de manera intensa (2,4% actual frente al 6,4% del primer trimestre del año) y sorprende la recuperación de la industria en los meses de verano.

El problema es que los datos trimestrales de los componentes de la demanda, fundamentales en los momentos de cambio de tendencia en el ciclo, han dado señales contradictorias en las dos últimas lecturas. Por ejemplo, según la CNTR el gasto en consumo final de los hogares se estancó en primavera, para después recuperarse de forma vertiginosa en verano (+1,1% trimestral). Señal parecida a la de la formación bruta de capital fijo, que aumentó un 1,3% en el tercer trimestre frente a la caída del 0,2% en el trimestre anterior. Mientras, en sentido contrario, la construcción se desplomó en verano (-2,6%), tras haber crecido un 0,5% en el trimestre anterior. Es decir, más allá de que la volatilidad en los datos es una característica de la fase cíclica en la que estamos, esos "saltos" en el comportamiento de los grandes agregados económicos parecen excesivos. 

En todo caso, lo que sí parece es que el consumo privado empieza a crecer a ritmos inferiores a la renta bruta disponible, lo que implica un ligero aumento del ahorro precaución después de los mínimos de finales de 2018, que se está reflejando en un aumento de los depósitos por encima de lo esperado (+5,7% en septiembre), pese a la baja remuneración de los mismos. Pero indicadores como la evolución de las ventas minoristas (+3,9%) o de las compras con tarjetas (+10,6%) no anticipan una corrección severa del gasto privado, más allá de cierto retraso en las decisiones de compra ante la incertidumbre política o los problemas de algún sector con gran importancia como el automóvil. Algo que se puede extrapolar a las decisiones de inversión, aunque aquí sí que el riesgo de impacto de una corrección de las expectativas es muy superior. De momento, el comportamiento del IPI de bienes de equipo (2,1% en septiembre) o de las disponibilidades de bienes de equipo en el mismo mes (1,2%) reflejarían también una intensa ralentización de las decisiones de inversión, pero nada más.

Por tanto, a corto plazo la intensidad de la desaceleración de la actividad va a depender de la evolución de la confianza de los agentes. Si como está ocurriendo en EEUU y la UEM, las expectativas se empiezan a estabilizar o recuperar de forma moderada, lo lógico es pensar que la desaceleración de la actividad nos llevaría hasta los ritmos de crecimiento potenciales en 2020, es decir, hacia la zona del 1,5% de crecimiento medio anual. Una corrección más intensa de la actividad, en ausencia de un "shock" negativo procedente del exterior, sólo se ha producido en la economía española cuando se han acumulado desequilibrios (precios de la vivienda, déficit de balanza por cuenta corriente, etc.), tras muchos años de crecimiento por encima de los potenciales. Y, por tanto, cuando el "output-gap" positivo era muy elevado. Cosa que no ocurre en la actualidad, pues prácticamente acabamos de cerrar la brecha negativa tras la última crisis.

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