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Crónica Macro semanal: Retrospectiva con puntualidad inglesa

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Bankia Crónica Macro Semanal

Publicado el 22 de julio de 2016 a las 13:00 por José Ramón Díez Guijarro
"El Brexit supone un obstáculo en la recuperación”, con esta frase del economista jefe del FMI se resume la actualización veraniega de las previsiones económicas realizada por el organismo ubicado en Washington.

Sin embargo, a juzgar por la revisión a la baja de una décima en las previsiones de crecimiento mundial para 2016 (3,1% frente al 3,2%) y 2017 (3,4% frente a 3,5%), a corto plazo ese impacto va a ser muy moderado e inferior a otros shocks que se han tenido que afrontar en los últimos años: crisis de la deuda en Europa, volatilidad en los precios del petróleo, desaceleración en China, etc. Otra cosa será valorar ese impacto desde una perspectiva de largo plazo. Opinión que no difiere mucho de la manifestada por el BCE en su reunión del jueves, aunque habrá que esperar a septiembre para la actualización de sus previsiones de crecimiento e inflación.

Por tanto, como casi siempre en estas fechas, las previsiones vuelven a anticipar una aceleración del crecimiento para el año que viene (tres décimas), algo que no deja de tener su lógica considerando el impacto potencial en expectativas de cualquier mensaje del FMI. Teniendo en cuenta los riesgos potenciales que todavía existen en el escenario, o el FMI piensa que se puede ahondar en la política de represión financiera (tipos de interés más negativos, ampliación de los QE, etc) o anticipa una política fiscal más expansiva. Por áreas geográficas, teniendo en cuenta la revisión a la baja del crecimiento en Europa por Brexit (1,4% en 2017 frente a 1,6% en 2016), la mejora proviene de la aceleración de la economía americana (2,5% frente al 2,2%) y del efecto positivo de la subida del precio de las materias sobre el crecimiento de los emergentes (4,6% frente a 4,1% en 2016).

Por tanto, de la fotografía de la situación económica que nos presenta el FMI, se deriva que la “nueva normalidad” se caracteriza, además de por la mediocridad de los datos de crecimiento, por una elevada resiliencia del ciclo de actividad a las diferentes perturbaciones que ha debido afrontar a lo largo de la recuperación. La esperanza es que todo lo anterior permita alargar la duración de la recuperación; la preocupación estriba en la excesiva contribución de las políticas monetarias expansivas a la reactivación, lo que aumenta los riesgos de medio plazo. Por tanto, un reequilibrio de la política económica, con una mayor presencia de las reformas de oferta y de la política fiscal en países con margen, sería lo más sensato a estas alturas del ciclo. Aunque es más fácil decirlo que aplicarlo. 

Donde parece que esta vez ha afinado menos el FMI es en las previsiones para la economía española; estimar que este año se puede cerrar con un crecimiento medio del 2,6% del PIB, implica anticipar una fuerte desaceleración después del verano, algo altamente improbable en ausencia de un evento externo muy negativo en los próximos meses, lo que, en todo caso, también afectaría al resto de países. La previsión del 2,1% para 2017 entra en el rango de lo factible, pero lo que sorprende es el fuerte estrechamiento del diferencial de crecimiento con Europa (0,7 p.p. en 2017 frente a 1,2/1,4 p.p. este año) lo que sólo se podría argumentar por un ajuste fiscal diferencial en nuestro país, ligado al procedimiento de déficit excesivo. En ese sentido, parece que las cartas se siguen jugando en Bruselas y, como comentábamos la semana pasada, más allá del tema de la multa, lo importante es negociar algo más de tiempo para situar el déficit público por debajo del 3%. Parece casi imposible que esa meta se consiga en 2017, incluso si partimos del dato más optimista que anticipa AIREF para el déficit público este año (4,1%), no digamos nada con la estimación más pesimista (4,7%). Lo que parece claro es que este año el incumplimiento se va a concentrar en la administración central y en la seguridad social. En este último caso, parece difícil que el déficit se vaya a situar por debajo del 1,5% del PIB, algo que debería preocupar en una economía que a finales de este año habrá creado en términos acumulados 1,5 millones de puestos de trabajo en esta recuperación. En este contexto, el progresivo agotamiento del Fondo de Reserva de la seguridad social no es el problema, sino la señal de que existen desequilibrios estructurales en el sistema que deben corregirse.

Y, lo preocupante, es que España estaría entre los países más adelantados en ese invierno demográfico del que tanto se habla en los últimos tiempos, pues hace unas semanas conocíamos que el año pasado nuestro país presentó el primer saldo vegetativo negativo (nacimientos menos defunciones) desde 1941. El aumento de la tasa de mortalidad (relacionado con el creciente tamaño de las cohortes de mayor edad) unido a un retroceso en la tasa de natalidad (que en 2014 había registrado un repunte) se tradujo en un saldo negativo de 3.167 habitantes. Lo más preocupante es que el año pasado nacieron en España 419.109 niños, un 19,4% menos que los nacidos en 2008 y casi un 40% de los nacidos en 1976, en los últimos coletazos del “baby boom”. Otro dato sorprendente es que por primera vez en 25 años, la esperanza de vida al nacer disminuyó en 0,2 años hasta los 82,7 y, en el caso de la población con 65 años, su esperanza de vida también se redujo en 0,3 años y se situó en 20,8 años. Lo cierto es que si se cumplen las tendencias demográficas que anticipan la mayoría de expertos vamos a ver efectos muy importantes sobre la sostenibilidad de las pensiones, la demanda de productos y servicios, las tendencias de ahorro/inversión y, en general, sobre el crecimiento. El porcentaje de las personas de más de 64 años sobre la población total puede duplicarse en los próximos 40 años (pasando del 18% al 35%) y el resultado es que la tasa de dependencia (mide la relación de la población de más de 64 entre la población en edad de trabajar) podría situarse cerca del 70% en 2050, ratio que sólo superaría Japón en ese momento. La otra cara de la moneda es que la ratio de la población española en edad de trabajar (sobre población total) alcanzó un máximo en 2005 (69%) y desde entonces no ha hecho más que descender (66,3% en la actualidad). Alguien puede pensar que son problemas de largo plazo y que, mientras tanto, puede haber otro proceso inmigratorio o una mejora estructural en la productividad que estabilice el sistema. Sin embargo, el desequilibrio actual del sistema demanda respuestas de corto plazo.

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